“Se veía como una persona normal”: condena para un violador y asesino

La tarde del 28 de septiembre de 2015, la vida de Lusmila cambió para siempre. Llegó a la casa y dejó a su hija de tres años y diez meses jugando en el patio, con otros niños del barrio. Subió a ayudar a su otro hijo con las tareas, sin imaginar que en cuestión de minutos, la pequeña desaparecería. Su historia testifica que la vida es impredecible y que la fortaleza es la única opción para enfrentar las desgracias. Ella nunca perdió la fe en la justicia.

Sucedió en el sector San Isidro de Puengasí, suroriente de Quito. Lusmila vivía con su esposo Jorge y los dos pequeños en una casona, donde arrendaban un cuarto por cien dólares. En el barrio había comunión entre vecinos; los niños jugaban en las áreas comunales, por las tardes, con tranquilidad y confianza. Hasta el día de los hechos, nadie sospechó de Daniel, mejor conocido como “el gato”. Solo un vecino dudó de él, pues lo había visto, en varias ocasiones, acercarse a los niños, ofrecerles caramelos y regalarles monedas de cinco centavos.

Ese 28 de septiembre, Jorge llegó a casa después de las cinco de la tarde. Preguntó por su hija y Lusmila, al no verla en el patio con el resto de niños, pensó que estaba con una vecina. Le sirvió la cena, puso agua a hervir para bañarse; y salió a buscarla. Le preguntó a la vecina y ella le respondió que la niña no estaba. La preocupación empezó a crecer conforme oscurecía. Jorge llamó a la Policía. Otra vecina, también preocupada, activó el botón de seguridad. Luego de algunas horas de búsqueda y de recibir negativas, alguien dijo que vio “al gato” comprando golosinas en la tienda “CyM”, acompañado de una niña que vestía de rosado.

Los padres, vecinos y la Policía, acudieron a la calle Camino de los Incas, donde vivía “el gato”, en una casa amarilla de dos plantas. Encontraron a su esposa, quien había llegado minutos antes, y fue advertida que la Policía estaba buscando a una niña de tres años. La mujer solo supo decir que no sabía dónde estaba su marido.

El policía se acercó a la puerta; estaba amarrada con alambre de púas y tuvo que cortarlo con un alicate para ingresar. Adentro, encontró una escena dantesca: espantosa e infernal. El humo invadía el lugar, había colillas de cigarrillo esparcidas en el suelo y sobre la cama, acostado y alcoholizado, el sospechoso. Su aliento hedía y parecía retorcerse. ¿Y la niña? El policía, abriéndose paso entre las suspensiones de aire, vio un armario de madera; al romper los cerrojos la encontró envuelta en una cobija verde. El horror ocurrió entre cuatro paredes y a tres cuadras de la casa de los padres. “El gato” había actuado con la maldad del depredador que juega con su presa antes de matarla. La escena era similar al Séptimo Círculo del Infierno, donde los homicidas y violadores son atormentados por centauros hasta la eternidad.

A las 10 de la noche, todo el barrio sabía lo que ocurrió. Afuera, armados con palos y piedras, gritaban “¡Asesino, violador!”. “¡Sáquenle!”. Los vecinos rompieron sus ventanas y él intentó escapar, pero los más indignados le cayeron a golpes, obligándolo a regresar a su humeante guarida. La verdad es que no tenía escapatoria; le esperaba una hoguera en la calle hecha con llantas. La gente quería hacer justicia con sus propias manos. Grupos antimotines llegaron al lugar para mantener el control, mientras que los padres de la víctima apenas asimilaban lo ocurrido. 

El testimonio de la sicóloga forense dice que Daniel, de 29 años, presentaba rasgos disociales, egocentrismo, dependencias, agresividad, violencia, rasgos de arrogancia, narcisismo; que se mostraba como una persona ruda y descortés, que tenía dificultad de controlar sus instintos sexuales. “El gato”, según la sicóloga, buscaba satisfacer sus necesidades sexuales de forma inmediata. Quienes lo conocen aseguraron que “se veía como una persona normal”; tenía una familia y su trabajo era cuidar carros en la Escuela Sucre.

La reconstrucción de los hechos señala que a las cinco de la tarde la niña desapareció. Daniel se la llevó con engaños hasta su casa y abusó sexualmente de ella hasta provocarle la muerte. La menor murió por hemorragia interna. Fue el hijo del dueño de casa quien le permitió ingresar, pues “el gato” debía meses de renta y no tenía llaves. Estaba drogado y alcoholizado. Había intentado esconder el cuerpo en el armario para luego deshacerse de él definitivamente.

Lusmila y Jorge velaron a su hija en la casa barrial. Pidieron que toda la vecindad se mantuviera unida para exigir justicia. Días después, la menor fue enterrada en el Cementerio Municipal de Sangolquí.

La Defensoría Pública patrocinó este caso y logró una sentencia de 34 años y ocho meses para Daniel. La sanción también incluye el pago de 80 000 dólares como reparación integral, además de terapias sicológicas para el núcleo familiar de la víctima. La Fiscalía acusó con base en el artículo 171, numeral 3, del Código Orgánico Integral Penal (COIP), que se refiere a la violación de una persona menor de diez años, causándole la muerte.

El temor quedó latente en los moradores de San Isidro de Puengasí. Ya no se escucha a los niños jugar en el parque; los padres de familia temen que “algo malo vuelva a suceder”. La Presidenta del barrio pidió a los propietarios conocer a quién arriendan las viviendas; y que la Policía se ponga alerta cuando individuos extraños ingresen a fumar y tomar en los terrenos baldíos.

Para los padres que pierden a sus hijos no hay consuelo que valga. Ahora, Lusmila reza tratando de aliviar su dolor. Ella es un ejemplo de fortaleza; nunca se dejó vencer y la justicia estuvo de su lado.
 
Por: Anaís Madrid

B403-2017
07-diciembre-2017

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