Defensoría Pública del Ecuador
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El asesino de Mercedes se quedará 34 años en la cárcel

A las 07:30, Carmen, la madre de Mercedes, recibió una llamada. Era su nieto Harvey. Carmen recuerda su voz quebrada, que le dijo abuelita, varias veces, sin poder completar una frase. Tuvo que esperar unos segundos hasta que el niño dijo: “Abuelita, venga rápido, algo le pasó a mi mami”. Carmen salió hacia la casa y en el camino recibió otra llamada. Era su sobrina Mariuxi. “Miguel ha matado a Mercedes”. Carmen al llegar vio a sus nietos sentados afuera, pálidos, llorosos y temblorosos. Se acercó al baño y lloró despavorida al ver a su hija muerta.

En septiembre de 2017, Carmen y su esposo Gustavo acudieron a las oficinas de la Defensoría Pública en Orellana por una sola razón. Lo que ocurrió con su hija no debía quedar en la impunidad.

Cuesta entender que una mujer muera en manos de su pareja bajo el absurdo de los celos, como si se tratara de una justificación aceptable cuando en realidad es una demostración del machismo que degenera las relaciones de los hombres y las mujeres hasta la muerte.

En los sectores rurales, la mujer es doblemente oprimida. Para el defensor público que dio marcha a este caso, Ernesto Rodríguez, la motivación principal del victimario fue la supuesta infidelidad: “Desde el momento que leyó los mensajes de texto en el celular, él planificó la muerte de su esposa”. La cultura patriarcal nos educó pensando que los hombres tenían derechos sobre las mujeres, un poder que fue legal durante mucho tiempo, pues en Ecuador el Código Penal hasta los años treinta del siglo veinte no calificaba como delito si un hombre asesinaba a su esposa si esta le era infiel. Esta creencia sigue marcada en la cultura, en la raíz de una sociedad machista y violenta; entonces, los femicidas ven a la mujer como un objeto, y ese pensamiento de que la mujer es de su propiedad es lo que provoca el crimen.

En una de la secciones del proceso penal de este caso se lee: “El acusado confiesa que le dio muerte a su esposa por motivo de celos, ya que ella no quería nada con él”. En el mundo, la mitad de las mujeres asesinadas ha sido víctima de su pareja o expareja sentimental. Pero en el Ecuador no se trata de la mitad sino del 66 por ciento. En el Ecuador una mujer es asesinada cada 50 horas. Este caso se suma a los 151 femicidios ocurridos en el Ecuador durante el 2017. La sentencia, emitida por el Tribunal de Garantías Penales con sede en el cantón Francisco de Orellana, fue de 34 años de cárcel para el asesino.

Mercedes trabajaba como camarera en un hotel; el 21 agosto de 2017, como de costumbre, llegó a su casa a las cuatro y media de la tarde. Vivía en la comunidad de Tiputini, a tres kilómetros del hogar de sus padres. Su modesta casa de madera se camuflaba entre la vegetación de la zona, con una hilera de macetas a la entrada. Miguel, su esposo, asegura que su matrimonio era “normal”, que solo tenían “los problemas que se dan en todo hogar”.

Mercedes era hija de Carmen y Gustavo, tenía 28 años y llevaba 10 años de casada con Miguel. Con él tuvo dos hijos: María, de 8 años, y Luis, de 5. Además, tenía otro hijo de 12, llamado Harvey.

Miguel sentía que desde hace algunos días su esposa estaba “rara”; cuando Mercedes llegó a casa y le preguntó que ocurría. Ella le dijo que iba a visitar a su tía Angélica. Salió de la casa y dejó su celular conectado.

Miguel tomó el celular y probó varias veces desactivar la pantalla. Le preguntó a Harvey si él sabía la clave. El niño le dictó un número pero era incorrecto. Después de varios intentos, finalmente pudo desbloquear y revisar los mensajes de Whatsapp. Ella llegó horas más tarde. Antes de dormir, Mercedes pidió a Miguel que se fuera a la cama de los niños. Él aceptó; tomó a su hija María en brazos y se fue al otro cuarto. Hasta ese momento parecía un disgusto “normal que hay en todo hogar”.

A las seis de la mañana, Mercedes fue al baño, que estaba fuera de la casa. Una construcción de caña, cubierta con tela negra y techo de zinc. Pretendió alistarse y salir a trabajar. “¿Qué pasó, por qué está así?, ni siquiera durmió a mi lado”, le dijo Miguel. Ella respondió que ya estaba “harta” y que no quería saber nada más de él. En medio de la discusión, Miguel salió del baño alterado y cogiéndose la cabeza. Entró a la casa, vio un cuchillo sobre la mesa de la cocina y lo que ocurrió después es fácil de imaginar. “Perdóneme, por lo que le voy a hacer”, fueron las últimas palabras que le dijo a su esposa.  

Los femicidas se perfilan como individuos machistas, dependientes e inestables; se sienten superiores a las mujeres y creen que su pareja es de su propiedad. Miguel declaró que al ver el cuchillo sobre la mesa no sabía si suicidarse o asesinarla: “La acuchillé y ni siquiera vi en qué partes del cuerpo. Todo fue tan rápido. Se me metió el demonio, el diablo en el cuerpo”.

Pero esta historia tiene algo que la vuelve más desgarradora: un testigo presencial. Harvey, con solo 12 años, vio a su padrastro apuñalar a su madre. En ese momento, el niño trató de quitarle el cuchillo; pero en el forcejeo se lastimó la mano. “Quítate de aquí, Harvey”, le dijo el victimario. Él salió corriendo asustado, a ver a sus hermanos que todavía dormían. Minutos después, regresó al baño y Miguel le preguntó “¿Te mato o me voy a la cárcel?”. El niño, temblando, le dijo que se entregara.

Miguel no pensó en huir, pero sí deshacerse del arma. Cogió su moto con dirección a El Coca; se detuvo en un puente y arrojó el cuchillo. Después, llegó al pueblo y conversó con un religioso del Vicariato de Aguarico, le confesó el crimen y decidió entregarse a las autoridades.

La pregunta que flota es qué sucede con los hijos de las víctimas de femicidio. Harvey quedó al cuidado de su padre; mientras que sus hermanos menores quedaron bajo el amparo de sus abuelos maternos. En palabras del defensor Rodríguez, Carmen y Gustavo “serán padres otra vez, pero ahora de sus nietos, en circunstancias diferentes y muy duras”.

En la sentencia acusatoria el juez declaró por unanimidad la culpabilidad de Miguel por el delito de femicidio, tipificado y sancionado en los Artículos 141 y 142 del Código Orgánico Integral Penal (COIP). La sentencia concluyó en 34 años con ocho meses, pena que el femicida cumplirá en el Centro de Rehabilitación Social de Varones de Sucumbíos. Por otra parte, la reparación integral a favor de las víctimas dispuso el pago de 194 000 dólares, monto que jamás llegará a compensar la ausencia de Mercedes en la vida de sus hijos y familiares. 

B202-2018
29-mayo-2018

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