Natalia siempre dijo la verdad

Todo parecía una broma adolescente, pero se consumó y Natalia estuvo a punto de ser condenada. Se trata de una guayaquileña de 15 años, cuya vida ha sido marcada por el desamor. A pesar de su corta edad, Natalia parece haber vivido una eternidad. Su madre murió cuando ella tenía 10 años y tuvo que vivir con su familia paterna.

Cuando tenía 13, fue abusada sexualmente por un tío; y luego por su medio hermano Julián, de 20 años, quien la embarazó. La familia siempre le dio la espalda y pasó por alto los abusos que ella sufría. Nadie le creyó. Y como si fuera poco, 20 días después de haber dado a luz, su tía Marta la acusó de haber asesinado a su padre y la echó de la casa.

Después de un difícil proceso, en el que la Defensoría Pública logró probar su inocencia, Natalia está empezando a comprender el verdadero significado de las palabras familia y hogar. La defensora pública, Wendy Ibarra, estuvo a cargo de este caso desde la etapa de flagrancia. Cuenta que Natalia ni siquiera sabía de qué estaba siendo acusada. La menor estuvo en el Centro de Internamiento de Adolescentes Infractores en calidad de “encargada”, pues hace días había dado a luz y no podía quedar privada de la libertad hasta que un familiar responda. La abogada explicó que se encontraba “en total abandono, razón por la cual la Defensoría Pública patrocinó el caso desde la primera etapa”.

La historia empieza cuando Natalia tenía ocho meses de embarazo. Al principio todo parecía una broma, “una cosa de locos”: su medio hermano Julián le dijo a Natalia que ella debía matarlo; ella se asustó y le respondió que no lo haría porque su padre era lo único que le quedaba.

Julián y su primo Bruno, de 19 años, soñaban con cobrar 100 000 dólares de una póliza de seguro del padre de Julián, un empresario de 58 años. Estaban ansiosos por repartirse el dinero e ir a la playa en sus motos. Sus conversaciones por WhatsApp giraban en torno al tema. Julián aseguró que la idea de matarlo no fue exactamente de él. Un mes y medio, antes del suceso, Bruno le decía: “Loco, saquemos las motos”; y él respondía: “es imposible, mi padre no me las va a prestar”. Una vez salieron a caminar y su primo le dijo: “Matémoslo y nos llevamos las motos”. Julián dijo que solo soltó una carcajada: “pensé que era un juego y le seguí la corriente”.

El 25 de julio de 2016, el padre de Natalia y Julián fue asesinado en la sala de su domicilio, ubicado en la ciudadela privada Puerto Azul, de Guayaquil. La autopsia del médico legal dice: “shock hipovolémico, hemorragia aguda interna, laceraciones pulmonares, corazón, hígado”. El personal del ECU 911 encontró el cuerpo sobre una mancha roja. Vestía una camiseta blanca sin mangas, jeans y zapatillas; a simple vista mostraba heridas causadas por un arma blanca. Huellas de zapatos y de pies descalzos rodeaban el cadáver.

Después de registrar las huellas, la Policía se trasladó al domicilio de Bruno, ubicado en la parroquia Chongón. En la requisa encontró una mochila que contenía una camiseta, un bate de madera, un arma blanca (cuchillo) y un par de zapatillas. Entonces se dispuso la detención de Julián y Bruno, aproximadamente a las 16:00. Sus celulares fueron retenidos en la bodega de la Policía Judicial.

Cuando el hecho ocurrió, la hija de Natalia tenía 20 días de nacida. Ese día también estuvieron en la casa, la empleada y el plomero, pero ambos abandonaron el domicilio antes del mediodía. El crimen generó que se inicie un proceso penal contra ella y los dos jóvenes. Marta demandó a su sobrina como coautora y la echó de la casa. No le permitió llevarse ropas ni útiles escolares.

Las versiones de Julián y Bruno fueron incongruentes. El primero dijo que esa tarde salió a comprar pañales y que su primo se quedó en casa. Luego, Natalia lo llamó y le dijo que su padre estaba muerto. Mientras que el segundo declaró que esa tarde estuvo en la casa, en la planta alta, y que escuchó cinco golpes como “coco seco” y que Natalia le gritó que baje: “Me asusté y vi el cadáver. Ella me decía gritando que cogiera el bate que estaba debajo del mueble, y yo lo agarré. Lo metí en una maleta con un cuchillo. Luego, Natalia llamó a Julián para que se deshiciera de la evidencia, botándola en Chongón”.

Natalia le dijo a la fiscal que esa tarde estuvo en la casa y que observó cuando su primo Bruno golpeó a su padre con el bate de madera en la cabeza. Corrió con su hija en brazos y se escondieron en el dormitorio.

Marta, que es la representante legal de la empresa de seguridad de su hermano, y que hoy está lucrando de la misma; declaró que solo iba a la casa, en Puerto Azul, para visitar a su madre. El 25 de julio de 2016, planeaba llevarla a hacer unas compras en la Bahía. Su conviviente, declaró que a las 14:00, ella le llamó porque su sobrina Natalia le contó que ocurrió un accidente.

El parte policial, con un sesgo evidente, mencionó cierto grado de frialdad de parte de Natalia desde el crimen. En su defensa, se expresó que no todas las personas tienen la misma capacidad para expresar emociones; “no todas las personas reaccionan igual ante una carga emotiva”. La Fiscalía intentó atribuirle participación en el delito porque ella estuvo en la casa esa tarde, pero no hubo pruebas suficientes para demostrar su supuesta coautoría. En Natalia no se encontró ninguna mácula de sangre, ni en su cuerpo ni en su ropa. Tampoco mensajes o algún tipo de correspondencia que indique maquinación o premeditaciones entre ella y los jóvenes implicados.

La Defensora Pública de Natalia, además de basarse en los informes de los peritos, se basó en otras circunstancias. Ninguno de los operadores de la justicia consideró el alto grado de sometimiento al que estaba expuesta por parte de su medio hermano Julián. Ninguno insistió en iniciar un proceso de indagación previa, pues se trata de una adolescente víctima de abuso sexual. La defensora Wendy Ibarra sostuvo que “la Fiscalía jamás consideró todos los abusos sexuales y violencia intrafamiliar que sufrió”.

La verdadera problemática en la que se circunscribe este hecho, y específicamente la situación de Natalia, solo pudo ser vista con la intervención de la Defensora Pública. Natalia nunca tuvo protección en el hogar de su familia paterna. Cuando contó que su medio hermano la violó, ningún miembro de su núcleo familiar le creyó. La demandante, es decir, su tía sabía de la violación y no hizo nada al respecto.

Al contrario de los testimonios de Julián y Bruno, que parecían jugar con la culpabilidad como si fuera una pelota de ping pong, Natalia siempre sostuvo la misma versión. “Ella siempre dijo la verdad, desde flagrancia, sobre lo que pretendía hacer su medio hermano Julián (quién la había violado). La sala determinó que Natalia era una víctima en un entorno social no idóneo”, destacó la Defensora Pública.

En septiembre de 2017, Natalia fue declarada inocente. Julián fue sentenciado como autor indirecto y Bruno como autor directo; ambos permanecerán 34 años y ocho meses en el Centro de Privación de Libertad de Personas Adultas de Guayaquil. Natalia quedó a cargo de una tía materna y continúa sus estudios en una escuela fiscal. Hoy está criando a su hija con la certeza de que siempre se debe decir la verdad. 

B330-2017
24-octubre-2017

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