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Defensoría Pública del Ecuador

16 años de lucha de Blanca Carvajal

Tenacidad, constancia, firmeza, tesón, persistencia, fuerza… son calificativos para definir a Blanca Carvajal y aun se quedan cortos. Ella es una mujer de lucha incansable y ejemplar. Nunca ha querido deberle nada a nadie, pero tampoco renunciar a lo que por derecho le corresponde. Pensando así es que se enfrentó a ese monstruo llamado Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), empecinado en ahorrarse cualquier centavo de su enorme caja, aunque eso signifique violentar derechos. Sin embargo, con Blanca Margarita Elvia Carvajal Figueroa, nacida el 24 de abril de 1930, se equivocó si creyó que con resoluciones, información confusa, procesos largos y agotadores iba a quebrar la voluntad de esta quiteña invencible.

Un día de abril de 2001, ella le dijo al IESS que quería jubilarse. Tenía 71 años y creía que era tiempo de cosechar el sacrificio de años y años y ¡oh, sorpresa! La respuesta institucional es que no podía porque 139 aportaciones -más del 80% del total aportado- fueron declaradas indebidas, es decir, en las palabras de doña Blanca, no servían para nada. La razón: durante siete meses no pagó de manera consecutiva la afiliación al seguro social. Ella reconoce que así fue, que esto ocurrió entre octubre de 1989 y abril de 1990, pero en mayo se puso al día cancelando toda su deuda de contado y siguió aportando durante diez años más. Nadie en el IESS le dijo “ya no puede pagar” o “búsquese un patrono que le afilie” o “incumplió el reglamento”, nada, ni media palabra, sin embargo, el IESS continuó recibiendo su platita como si nada. Es más, durante todo ese tiempo recibió atención médica.

Como cualquier ciudadano racional que le gusta resolver los problemas por las buenas, la señora Carvajal intentó que el propio IESS arreglara su caso. Fue de ventanilla en ventanilla escuchando irrepetibles y absurdas recomendaciones de los funcionarios, el más “lúcido” le dijo que fuera a trabajar y aportara durante seis meses consecutivos para que recuperara su derecho a la jubilación. No faltó el malcriado que le rompió los papeles en la cara y otro para quien ella era una molestia porque no se cansaba de decirles que le jubilaran, estaba convencida de que no se trataba de un favor sino de un derecho ganado honradamente.

Artículo completo en la Revista Defensa y Justicia, aquí.

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